La luz y el cuerpo humano, lo profundamente racional y lo
asombrosamente fantástico, ¿la verdad o lo simulado?... Daniel
Canogar no se agota en estas claves pero desde luego en ellas se encuentran
sus fundamentos básicos. Y es que hay en todo su trabajo un rayo que
inquieta, que conmociona, que obnubila la sensibilidad del espectador.
De Canogar se ha destacado que su obra recoge el testigo de las fantasmagorías
creadas a finales del XVIII por Robert Etienne-Gaspard, es decir, antes de
que ni la fotografía ni el cine hubieran nacido. Y es que este hacedor
de relámpagos se defiende de la ceguera provocada por tanta luz como
la que preside el final del siglo XX, recuperando el poder revelador de una
herida luminosa en medio del oscuro total.
En este caso, y con muchos de los elementos comunes en su trabajo de finales
de los noventa, como un breve plano-secuencia, como un hechizo que desafía
la realidad y la lógica, la obra crece en manos agitadas, en manos
que se multiplican, en manos que ni siquiera son lo que representan ser. Carentes
de individualidad, ajenas a todo dueño identificable, son gestos, materia
formal para crear estructura, ritmo escrito en un pentagrama surreal, esencia
de la paradoja contemporánea: asumir que nada hay mas falso que esas
imágenes fotográficas que en un tiempo creímos eran la
única verdad que nos quedaba.
Juan Zapater

