La obra de Julián Gil es un compendio de lo que ha supuesto el arte constructivo y geométrico en el siglo xx. Pero en ningún caso debe entenderse su obra como el resultado de un estudio histórico, de un bagaje cultural. Gil ha sabido crear su propia posición constructiva bien diferenciada de la de los demás geométricos, en la que una de sus constantes es la simplicidad.
Para él el color no es la imagen idealizada y óptica de los objetos, su impresión exterior no es superficial y desde luego su presencia es pretendida y por tanto participa del contenido interno de los cuerpos. En sus composiciones, donde dominan el ahorro de medios, el uso de las proporciones matemáticas y el trabajo serial, el color ejerce una reacción directa sobre la mirada y la mente. La pintura actual de Gil trabaja sobre la ruptura de planos, de paleta amplia y plana, donde gusta de explorar las múltiples posibilidades de los planos oblicuos que se encuentran. Sus obras como primeros planos sugieren un campo imaginario que se extiende más allá de los límites del cuadro. En esto se diferencia absolutamente de todos los demás geométricos. Las medidas, los resultados matemáticos escapan a los márgenes de un espacio acotado y entonces la mente aún puede soñar.

Fernando Francés

Julián Gil
Logroño, 1939.