Ramón González se caracteriza por mantener cierta tensión llamativa en un cuerpo siempre inclinado a ofrecer resistencia. Su investigación le ha permitido descubrir lo que él llama “ideas bala”, creando a su alrededor algo parecido a un brillo iridiscente, que parece acompañarle a todas partes. Su obra es impecable y parece estar recién salida de una ferretería insospechada.

Trabaja con riesgo, construyendo unos objetos nada funcionales, muy pensados, a pesar de que a primera vista ofrezcan al profano ese aspecto provisional que tienen las verdaderas obras de arte: aunque estén hechas con alfileres o sujetas con esparadrapos siempre resisten boca arriba, soportándonos. Este escultor representa algunas propuestas de arte radical que, para algunos, constituyen la única solución para tratar de evitar la muerte del arte.

Fernando Francés

Ramón González Echeverría
Madrid 1965