Ramón González se caracteriza por mantener
cierta tensión llamativa en un cuerpo siempre inclinado a ofrecer resistencia.
Su investigación le ha permitido descubrir lo que él llama ideas
bala, creando a su alrededor algo parecido a un brillo iridiscente,
que parece acompañarle a todas partes. Su obra es impecable y parece
estar recién salida de una ferretería insospechada.
Trabaja con riesgo, construyendo unos objetos nada funcionales, muy pensados,
a pesar de que a primera vista ofrezcan al profano ese aspecto provisional
que tienen las verdaderas obras de arte: aunque estén hechas con alfileres
o sujetas con esparadrapos siempre resisten boca arriba, soportándonos.
Este escultor representa algunas propuestas de arte radical que, para algunos,
constituyen la única solución para tratar de evitar la muerte
del arte.
Fernando Francés
