Hay propuestas plásticas -proliferan en el mercado
del arte- que no son sino pobres firmas que acompañan a la nada, la
misma signatura repetida hasta que se agotan los talonarios o se aburre la
noria. Y hay estilos que parecen cadenas perpetuas. Pero también hay
autores -lamentablemente pocos- cuyas concreciones plásticas son manifiestos,
obras -de verdad- que no se agotan a la primera mirada. Creaciones que en
común sólo tienen la mente que los alimenta pero que lo que
les hermana entre sí no está en la forma, en lo aparente-evidente,
sino en lo que subyace, en lo que desvela la mirada interior.
Mirar para ver, para sentir, para reír, para vivir... Mirar para ser
es lo que Jorge Martínez Huarte propone desde un lugar ilocalizable
hecho de conocimiento reposado, saludable buen humor, sentido crítico
afilado y corrosividad ¿conceptual? Así le llaman, cuando sin
concepto no debiera haber arte que merezca ser considerado de esa manera.
Prosa forever es, en este sentido, una página de un diario
personal, una frase para no olvidar, un homenaje a alguien al que se le agradece
su existencia. Un regalo de reconocimiento a quien -Brossa en este caso- ha
dado motivos de sobra. Pero con ser Brossa quien merece este guiño,
es a Jorge Martínez Huarte


a quien se reconoce en esta pieza. Nada sobra, nada falta,
equilibrio, rotundidad y hondura. Precisión.
Incluso en una obra tan aparentemente humilde que obedece al gesto de dar
a alguien las gracias, en un acto tan sutil como reconocer en el otro algo
de uno mismo, se impone devolver a cambio algo más, en otro caso bastaría
con mantener la boca callada y las manos quietas. Prosa forever
a eso responde y nos señala que lo que descubrimos en el interior de
nosotros mismos emana y es consecuencia de lo que otros supieron dar. Y en
detalles como éste se reconoce uno de los rasgos de identidad de este
artista que se prodiga poco pero siempre de manera inteligente y nunca de
forma gratuita. Juan Zapater