En el inquietante y suntuoso Paisaje XXX ,
entre figurativo y abstracto, Antonio Murado muestra su singular inclinación
al equívoco entre la interpretación icónica y el uso
de procesos aleatorios en la ejecución pictórica.
Como él ha expresado muchas veces, la clave y el fundamento de sus
cuadros estriba en encontrar la plena coherencia entre lo que pinta y cómo
lo pinta, lo que supone que tema y procedimiento se terminan integrando, confundiendo.
En sus paisajes, densos y matéricos, se preocupa porque en las imágenes
se una la atracción casi sensual de las superficies con la sensación
de misterio, de algo indescifrable.
Fernando Huici

