En el inquietante y suntuoso “Paisaje XXX “, entre figurativo y abstracto, Antonio Murado muestra su singular inclinación al equívoco entre la interpretación icónica y el uso de procesos aleatorios en la ejecución pictórica.
Como él ha expresado muchas veces, la clave y el fundamento de sus cuadros estriba en encontrar la plena coherencia entre lo que pinta y cómo lo pinta, lo que supone que tema y procedimiento se terminan integrando, confundiendo.
En sus paisajes, densos y matéricos, se preocupa porque en las imágenes se una la atracción casi sensual de las superficies con la sensación de misterio, de algo indescifrable.

Fernando Huici

Antonio Murado
Lugo, 1964