Javier cree que hay que tomarse la vida con un poco de humor y que la escultura puede ser hermosa sin querer ser "importante".
Que podemos usar las cosas para jugar con ellas inteligentemente y no convertir el arte en algo pomposo.
Cuando trabaja el volumen de una olla o un puchero, lo corta y los estira como si fuera blando, lo que quiere es que juguemos con él, que al mirar a nuestro alrededor podamos convertir cualquier cosa en una sonrisa.
El que ese volumen sea macizo y lacado en blanco es la necesidad de acabar bien la obra y a la vez hacerla neutra de color para que nada distraiga el juego de luces y sombras.

Pedro Salaberri

Javier Muro
Pamplona, 1968