Manuel Saiz es un caso extremo de firmeza y coherencia,
de distancia con respecto a los guiños habituales de la moda. En unos
años en los que las actitudes cambian con inusitada rapidez, su proyecto
resulta tan sorprendente como definitorio, tan sencillo como inhabitual: vivir
el arte sin dejarse seducir por las apariencias del medio, ejerciendo una
firme autocrítica que hace temer que las obras reclamen su condición
de últimas.
Su escasa afición a los giros estéticos bruscos le lleva a hacer
que todo parezca paulatino, progresivo; el tiempo, sin embargo, muestra que
abandonos y tentaciones son fruto de una actitud que se alimenta de contrarios.
Fernando Francés

