Manuel Saiz es un caso extremo de firmeza y coherencia, de distancia con respecto a los guiños habituales de la moda. En unos años en los que las actitudes cambian con inusitada rapidez, su proyecto resulta tan sorprendente como definitorio, tan sencillo como inhabitual: vivir el arte sin dejarse seducir por las apariencias del medio, ejerciendo una firme autocrítica que hace temer que las obras reclamen su condición de últimas.
Su escasa afición a los giros estéticos bruscos le lleva a hacer que todo parezca paulatino, progresivo; el tiempo, sin embargo, muestra que abandonos y tentaciones son fruto de una actitud que se alimenta de contrarios.

Fernando Francés

Manuel Sáiz
Logroño, 1961