Con este trabajo Gonzalo Sicre, un gran admirador del americano
Edward Hopper, al igual que Mateo Charris (con quien guarda una estrecha relación
en su manera de entender la pintura) retoma el género del paisaje en
su doble vertiente: natural y arquitectónica.
Distintos planos de un edificio marcan las líneas geométricas
sobre las que se construye este cuadro y sobre las que se suporponen, con
un acertado protagonismo, las vegetaciones que quedan finalmente en primer
plano. Hay un cierto aire de misterio, de inquietud, de espera, al mismo tiempo
que de calma, de atemporalidad, en este estilo pictórico de Sicre que
muchos han llamado figuración neometafísica.
La escena tiene también algo de cinematográfico, porque parece
ser el marco para narrar una historia, el escenario en el que algo está
a punto de acontecer pero en el que no pasa nada. Y Sicre utiliza el color
para narrar esa inexistencia de la misma manera que el color contenido le
sirve para lograr una pintura medida, sin excesos, en la que solo se permite
alguna licencia con las perspectivas y con los bruscos contrastes entre unos
planos y otros. Parecen, sus obras, decorados detenidos en un tiempo que no
cesa, imágenes pensadas más que vividas y llenas de nostalgia
por lo que todavía no ha ocurrido.
Alicia Ezker

