Con este trabajo Gonzalo Sicre, un gran admirador del americano Edward Hopper, al igual que Mateo Charris (con quien guarda una estrecha relación en su manera de entender la pintura) retoma el género del paisaje en su doble vertiente: natural y arquitectónica.
Distintos planos de un edificio marcan las líneas geométricas sobre las que se construye este cuadro y sobre las que se suporponen, con un acertado protagonismo, las vegetaciones que quedan finalmente en primer plano. Hay un cierto aire de misterio, de inquietud, de espera, al mismo tiempo que de calma, de atemporalidad, en este estilo pictórico de Sicre que muchos han llamado figuración neometafísica.
La escena tiene también algo de cinematográfico, porque parece ser el marco para narrar una historia, el escenario en el que algo está a punto de acontecer pero en el que no pasa nada. Y Sicre utiliza el color para narrar esa inexistencia de la misma manera que el color contenido le sirve para lograr una pintura medida, sin excesos, en la que solo se permite alguna licencia con las perspectivas y con los bruscos contrastes entre unos planos y otros. Parecen, sus obras, decorados detenidos en un tiempo que no cesa, imágenes pensadas más que vividas y llenas de nostalgia por lo que todavía no ha ocurrido.

Alicia Ezker

Gonzalo Sicre
Cadiz, 1967